lunes, 12 de marzo de 2012

Idea de la Historia

R. G. Collingwood


Introducción

La filosofía de la historia. Fue acuñada en el siglo XVIII por Voltaire, quién solo quiso significar con ella la historia crítica o científica. Hegel del siglo XVIII, para referirse pura y simplemente a la historia universal o mundial. Un tercer sentido de la designación se encuentra en varios positivistas del siglo XIX, para quienes la filosofía de la historia consistía en el descubrimiento de las leyes generales que gobiernan el curso de aquellos acontecimientos cuyo relato corresponden a la historia. La tarea postulada por la “filosofía” de la historia, según la entendían 

Voltaire y Hegel, solamente podía cumplirse por la historia misma, mientras que para los positivistas se trataba del intento de convertir la historia, no en una filosofía, sino en una ciencia empírica, como la meteorología.

Voltaire, filosofía significaba pensar como independencia y críticamente para Hegel, significaba pensar acerca del mundo en su totalidad, para el positivista del siglo XIX, significaba el descubrimiento de leyes uniformes.

Collingwood: “La filosofía es reflexiva”.

A la filosofía puede llamársele pensamiento en segundo grado, pensamiento acerca del pensamiento (No quiere decir que la filosofía sea la ciencia de la mente).

Pero la filosofía jamás se ocupa del pensamiento por si solo; siempre se ocupa de su relación con su objeto, y por lo tanto se ocupa  del objeto en la misma medida en que se ocupa del pensamiento.

Para el filósofo, el hecho que reclama su atención no es el pasado por sí solo, como acontece para el historiador, ni tampoco es el pensar del historiador acerca del pasado por sí solo, como acontece para el psicólogo. Para el filósofo el hecho es ambas cosas en su mutua relación. El pensamiento en su relación con su objeto no es puramente pensamiento sino que es conocimiento.

El psicólogo se pregunta cómo piensan los historiadores, el filósofo se pregunta cómo conocen los historiadores.

El filósofo, le compete, pues, preguntar, no qué clase de sucesos fueron y cuándo y dónde acontecieron, sino cuál es su condición que hace posible que el historiador pueda conocerlos.

El filósofo debe pensar acerca de la mente  del historiador, para el pensamiento del historiador, un sistema de conocimiento. También debe el filosofó pensar acerca del pasado, para él, el pasado no es una serie de sucesos, sino un sistema de cosas conocidas.

Desde entonces, hasta hace un siglo, ha habido dos grandes épocas constructivas de la historia europea. En la Edad Media los problemas centrales del pensamiento se referían a la teología y, por consiguiente, los problemas filosóficos surgieron de la reflexión sobre la teología y se ocupaban  de las relaciones entre Dios y el Hombre. A partir del siglo XVI, hasta el siglo XIX inclusive, el esfuerzo principal del pensamiento tuvo por meta la fundamentación de las ciencias naturales, de donde resultó que la filosofía erigió en tema capital el estudio de la relación entre la mente humana, en cuanto sujeto, y el mundo natural de las cosas situadas espacialmente en torno a ella, en cuanto objeto.

En el siglo XVIII, sin embargo, la gente empezó a pensar críticamente acerca de la historia.

El pensamiento histórico postuló un objeto dotado de peculiaridades propias. El pasado, en efecto constituido por acontecimientos particulares situados en el tiempo y el espacio.
Tampoco puede aprehenderse el pasado por vía del pensamiento teológico porque el objeto peculiar de ese tipo de pensamiento es un objeto singular e infinito, en tanto que los sucesos históricos son finitos y plurales. Lo mismo debe decirse  del pensamiento científico, porque las verdades que descubre la ciencia se conocen como verdad al ser encontradas por la vía de la observación y del experimento ejemplificado en aquello que en realidad percibimos; pero en el caso de la historia el pasado ha desaparecido y las ideas que nos formamos, acerca de él no pueden ser verificadas de la manera que verificamos nuestras hipótesis científicas.

Los problemas filosóficos creados por la existencia de la actividad de la investigación histórica organizada y de filosofía de la historia, y a semejante inquisición aspira a contribuir este libro.
Dos etapas se presentarán a medida que progrese el estudio. Primero se tendrá que elaborar la filosofía de la historia. Se la considere como un estudio especial de un problema especial. El problema, en efecto, pide tratamiento especial.

La segunda etapa consistirá en establecer las relaciones entre esta nueva rama de la filosofía y las viejas doctrinas  tradicionales.

Se producirá una nueva filosofía que será una filosofía de la historia en sentido lato, es decir, una filosofía completa concebida desde el punto de vista histórico.
Lo que aquí intento, en efecto, es una investigación filosófica acerca de la naturaleza de la historia considerada como un tipo o forma especial del conocimiento que tiene un tipo especial de objeto.

2. La Naturaleza, el objeto, el método y el valor de la historia.

La historia, como la teología o las ciencias naturales, es una forma especial del pensamiento. 

Si eso es así, las cuestiones acerca de la naturaleza, el objeto, el método y el valor de esa forma del pensamiento tienen que ser contestadas por personas que reúnen las condiciones.
La primera condición que tengan experiencia de esa forma de pensamiento. Tienen que ser historiadores.

La experiencia del pensar histórico adquirida por esas vías se modela sobre lo que dicen los libros de texto, y los auténticos historiadores al día de algún momento en el pasado cuando se estaban creando el material en bruto del cual se compaginó el libro de texto. Y no son tan sólo los resultados del pensamiento histórico lo que está atrasado para la fecha en que incorporados al libro de texto, sino también los principios que rigen el pensamiento histórico, es decir, las ideas acerca de la naturaleza, el objeto, el método y el valor de ese tipo de pensamiento. En tercer lugar, la ilusión de lo definitivo.  Respecto a cualquier materia, tiene que creer que las cosas están bien establecidas, puesto que su libro de texto y sus maestros así lo consideran. Aunque en realidad nada está finalmente establecido.

A los llamados hechos bajo una nueva luz y se pregunta si aquello que su libro de texto y su maestro le enseñaron como cierto, realmente lo es. Sí el estudiante sale del estado pupilar y no prosigue sus estudios, jamás logra desechar la actitud dogmática.

La segunda condición que debe reunir una persona para contestar esas preguntas consiste en que no sólo tenga experiencia del pensar histórico, sino que también haya reflexionado sobre tal experiencia. Tiene que ser no sólo un historiador, sino un filosofó, y en particular que su preocupación filosófica haya concedido especial atención a los problemas del pensar histórico.

Aun el historiador menos reflexivo reúne la primera condición: posee la experiencia sobre la cual  ha de reflexionarse, y cuando se le incita a reflexionar sobre ella, es casi seguro que sus reflexiones sean pertinentes.
a)   
   La definición de la historia. La historia es un tipo de investigación o inquisición. Genéricamente pertenece que llamamos las ciencias, es decir, a la forma del pensamiento que consiste plantear preguntas que intentamos contestar. Esa es la razón de que toda la ciencia empieza con el conocimiento de nuestra propia ignorancia; no de nuestra ignorancia acerca de todo, sino acerca de alguna cosa que precisa. La ciencia averigua cosas, y en este sentido la historia es una ciencia.

b)      El objeto de la historia. Respondo que averigua  res Gaete, actos de seres humanos que han sido realizados en el pasado. La historia es la ciencia del res Gaete, o sea el intento de contestar cuestiones acerca de las acciones humanas realizadas en el pasado.
c)       ¿Cómo procede la historia? La historia procede interpretando testimonios. Entiéndase por testimonio la manera de designar colectivamente aquellas cosas que singularmente se llaman documentos, en cuanto un documento es algo que existe ahora y aquí, y de tal índole que, al pensar el historiador acerca de él, pueda obtener respuestas a las cuestiones que pregunta acerca de los sucesos pasados. Los historiadores concederán que el proceder en historia, o sea su método, consiste esencialmente en la interpretación de testimonios.
d)      Por último, ¿Para qué sirve la historia? Mi contestación es que la historia sirve para el autoconocimiento humano.

Sino conocimiento de su naturaleza en cuanto a hombre. Conocerse a sí mismo significa conocer, primero, qué es ser hombre; segundo, qué es ser el tipo de hombre que es, y tercero, qué es ser el hombre que uno es y no otro. La única pista para saber lo que el hombre puede hacer es averiguar lo que ha hecho.  El valor de la historia por consiguiente, consiste en que nos enseña  lo que el hombre ha hecho y en ese sentido lo que es el hombre.

3. Los problemas de las partes I-IV

La idea de la historia que acabo de resumir brevemente es una idea moderna. Los historiadores de nuestros días piensan que la historia debe ser a)una ciencia, o sea un contestar cuestiones b) pero una ciencia que se ocupe de las acciones de los hombres en el pasado c)investigadas por medio de la interpretación de los testimonios, y d) cuyo fin es el auto-conocimiento humano. Más no es ésta la manera en que siempre ha sido entendida la historia.

Los sumerios que dentro de la literatura de ese pueblo la historiografía  está representada por ese tipo de cosas.

Una inscripción como la que hemos citado expresa una manera de pensar en ningún historiador moderno calificará de historia.

Pero en segundo lugar, el hecho relatado no es de actos humanos, sino de actos divinos.

El conocimiento alcanzado en un relato de esa índole no es, por lo menos no lo es primariamente, un conocer humano acerca del hombre, sino un conocer humano acerca de los dioses.

Su carácter de testimonio histórico, solo se adquiere, en virtud de nuestra actitud histórica respecto a ella, a la manera en que los pedernales prehistóricos o la cerámica romana adquieren el carácter póstumo de testimonios históricos, no porque quienes fabricaban esos pedernales y cerámica pensaron que eran testimonios históricos, sino porque nosotros los tomamos como tales.

Los antiguos sumerios no dejaron tras de ellos nada que podamos calificar de historia. Podremos afirmar que necesariamente la tuvieron, porque para nosotros, la conciencia histórica es un rasgo tan verdadero y tan general de la vida que comprendemos cómo puede faltarle a nadie;

Hace cuatro mil años nuestros percusores en la civilización no poseían lo que nosotros llamamos la idea de la historia. La historia no existía. La historia como existe hoy día, pues, ha surgido en los últimos cuatro mil años en las regiones del Asia occidental y en Europa. 

Fuente: R. G. Collingwood

La Historia: Conceptos y Escrituras




Introducción

Geschichte e Historie en alemán, history y story en inglés e incluso historia y storia en italiano, donde un término se refiere a la trama de los acontecimientos y el otro lado alude al relato complejo que la cuenta. La interpretación de estos dos niveles en la lengua francesa traduce, empero, una realidad que nos sitúa desde el comienzo en lo que singulariza la disciplina histórica como conocimiento indirecto, saber únicamente llegado hasta nosotros a través de huellas que se esfuerzan por colmar una ausencia.

Lucien Febvre, el “filosofar” constituye un “crimen capital”.

El objetivo de esta obra no consiste de ningún modo en proporcionar un sistema de la historia y no tiene pretensión alguna de exhaustividad. Más modestamente, quiere ser una invitación a la lectura de los historiadores por los filósofos y de la filosofía de la historia por los historiadores.
Luego de valorizar los fenómenos de larga duración con Fernand Barudel, sobre todo con su tesis defendida en la pos guerra sobre el Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, los historiadores aprecian la magnitud de una conmoción que afecta una gran parte de las ciencias humanas embarcadas en un proceso de humanización. El “viraje crítico” de los Annales a fines de la década de 1980 atestigua esta amplia “conversión pragmática” mediante la cual el historiador toma por fin en serio los actores luego de un eclipse demasiado prolongado.

Una reconfiguración del tiempo y una revalorización de la corta duración, la acción situada, el conocimiento. “El viareja historiográfico” actual, como lo califica el historiador Pierre Nora, invita a la comunidad de historiadores a acudir una vez más a las mismas fuentes históricas a partir de las huellas dejadas en la memoria colectiva por los hechos, los hombres, los símbolos, los emblemas del pasado. En consecuencia, también el estudio de la memoria invita a tomar en serio a los actores del pasado.

Capítulo 1

El historiador: Un maestro de verdad
1.       Herodoto: NACIMIENTO DEL HISTOR

La historia, como modo de discurso específico, nació en un lento proceso y a través de cortes sucesivos con el género literario, en torno a la búsqueda de la verdad. Herodoto, encarna con claridad la tensión de una escritura ampliamente marcada por su lugar de origen, la Grecia del siglo V a.C.

Herodoto sustituye el reino del aedo, el poeta narrador de leyendas y dispensador del kleos (la gloria inmortal para los héroes), por el trabajo de la indagación (historie) llevada a cabo por un personaje hasta entonces desconocidos, el histor, que se asigna la tarea de demorar la desaparición de las huellas de la actividad de los hombres.

El hombre presentado por Cicerón como “el padre de la historia” es un griego originario de Halicarnaso en Jonia, que vivió entre dos grandes conflictos: el de las guerras médicas y el de la guerra del Peloponeso, entre 484 y 420 a.C.
Con Herodoto nace sin dudas el historiador.
1.
1. La polis

El gran vuelco que preside el nacimiento de la historia consiste en la afirmación  de la comunidad ciudadana, la polis. Esencia épica del discurso de la existencia política. El tránsito de Homero a Herodoto es también la manifestación de un inicio de secularización posibilitada por el lugar ocupado por el histor. El maestro de verdad ya no es el actor y se convierte, en cambio, en el ausente de la historia: esa es la posición asumida por el historiador, cuyo discurso es la marca misma de la diferencia, de la distancia atestiguada por el uso de la tercera persona que le permite desplegar su relato.

Las historias de Herodoto llegaron a ser el espejo en el cual el historiador no ha dejado de interrogarse sobre su identidad.
Herodoto consigna las causas profundas del drama que atraviesa su país durante las invasiones bárbaras a partir del caso concreto de las guerras médicas. “Preferimos la vista a todo el resto. La causa radica en que la vista es, entre todos los sentidos, el que nos permite adquirir más conocimientos y nos descubre más diferencias”.

1.2 Primacía del ojo sobre el escrito

El escrito es por entonces el patrimonio del imperio egipcio, donde los escribas cumplen el papel de custodios de las prerrogativas de un soberano autócrata. Las necesidades de su indagación llevaron a Herodoto a multiplicar los viajes a tal extremo que algunos, como jacoby en su tesis de 1913, consideraron que fue un geógrafo y un etnógrafo antes de llegar a ser un verdadero historiador. Desde ese mismo punto de vista, el geógrafo Yves Lacoste emprendió en 1976 un vasto trabajo de investigación en el ámbito de la geopolítica, para el cual uso como emblema el nombre de aquel considera el padre de esta disciplina, en una revista cuyo nombre es, justamente Herodoto.

Las descripciones minuciosas de los escitas dentro de una problemática consistente en hablar de las costumbres de ese pueblo en nombre de un referente que es, de hecho, el de los ciudadanos griegos, sea el de las guerras médicas o el de la estrategia de Pericles.
La respuesta, para Herodoto, consistía en convertirse en nómade e insular frente a la fuerza bruta y masiva, como lo mostró Pascal Payen. La conquista abisma la cronología narrativa tanto con respecto a una temporalidad por dominar como al espacio del cual es preciso enseñorearse.

Herodoto fue presentado como un mentiroso, un simple fabulador. La tradición historiográfica hizo suyo, sobre todo, el violento ataque de Plutarco, lanzado en el siglo I D.c. con Sobre la malevolencia de Herodoto, cuya tesis es que éste no sólo es un mentiroso, sino un mentiroso malévolo.

Habrá que esperar hasta el silgo XVI para que Herodoto salga del purgatorio con la obra de Henri Estienne, que en 1566 le consagra una verdadera apología.
Herodoto padre de la historia y por tanto de la verdad y, al mismo tiempo, padre de las mentiras.

2.       Tucídides o el culto de la verdad
2.1 La desclasificación de la obra de Herodoto

Tucídides cuenta que, de niño, tuvo la oportunidad de escuchar a Herodoto en persona narrar sus historias en Olimpia. Herodoto sufre una descalificación casi inmediata de parte de su discípulo Tucidides, quien le reprocha estar aún demasiado cerca de la leyenda y demasiado lejos de las estrictas reglas de establecimiento de la verdad. Herodoto pasa entonces por un fabulador, demasiado dispuesto a la invención para llenar las lagunas documentales. Padre de la historia, se convierte igualmente en padre de las mentiras.


 Tucidides “Cuyas composiciones aspiran al agrado del oyente más que a la verdad, Herodoto en un mitólogo.”

   La verdad se convierte en la razón de ser del historiador, y Tucidides plantea una serie de reglas constitutivas del método por seguir: Solo hablo como testigo presencial o después de hacer una crítica tan cuidadosa y completa como sea posible de mis informaciones.

   Tucídides reduce la operación historiográfica a una restitución del tiempo presente resultante de una borradura del narrador, que da un paso al costado para dejar hablar con mayor claridad a los hechos.

   En el nacimiento mismo del genero histórico, encontramos entonces la ilusión de una auto borradura del sujeto historiador y de su práctica de escritura, para darle al lector una mejor impresión de que los hechos hablan por sí solo.

   Si bien es exagerado reprochar a Tucídides, como lo hace Loraux, la falta de seguimiento de un protocolo mínimo de investigación, de posible verificación de las fuentes según reglas normativas ulteriores, es pertinente, empero, desenmascara la ilusión del cierre de los expedientes históricos, que será compartida durante mucho tiempo por el medio de los historiadores.

2.2 Las lecciones de la historia.

   Tucídides se erige en historiador para poner orden en el caos de acontecimientos que infligió un revés a su carrera política: Escribe sobre la regla del Peloponeso, Atenas, en cuyo transcurso se enfrentaron a Atenas y Esparta.

   Para Tucidides, como para Herodoto, la historia es asunto de los hombres y, por lo tanto, hunde sus raíces en lo más profundo de la psicología.

   El historiador es entonces un verdadero clínico, y la calidad de su diagnóstico es proporcional a la a proximidad que puede reivindicar con respecto a su objeto de estudio.

  2.3 El saber histórico cabe en el ver.


   Tucídides, como Herodoto, privilegian el ojo y la mirada en cuanto fuentes de verdad pero, a diferencia de su predecesor, desestima toda fuente indirecta, el “Decir lo que se dice”. El saber histórico consiste entonces exclusivamente en el ver, este condena al historiador a limitar a su campo de investigación al periodo que le es contemporáneo al lugar donde se sitúa…” Verdadero operador de una elección consciente para sostener la hipótesis que debe verificarse ante el lector. Asi, la lógica del imperialismo ateniense se convierte en el verdadero principio regulador del discurso del historiador que ilustra al lector sobre las coherencias existentes detrás del caos aparente de los conflictos militares.”


   Tucídides construye lo que llegara a ser el esquema mismo de la escritura historiográfica con su lógica a menudo inexorable de una trilogía articulada alrededor de las causas, los hechos, y las consecuencias.  Tucídides pone en escena el choque de las voluntades y los razonamientos.


   El procedimiento más frecuente utilizado por Tucídides a fin de ser aflorar el encadenamiento psicológico consiste en la alternancia del choque de dos intenciones antagónicas: “La historia de Tucídides es una antilogía en acción”.


   La verdadera puesta consiste, por lo tanto, en adquirir una inteligibilidad de lo real, y el discurso del historiador. Tucídides aspira a ellos en suposición por encima de los conflictos descriptos.


   En esta etapa, el discurso del historiador esta frecuénteme marcado por la importancia de la retórica argumentativa. Tucídides ha hecho suya las enseñanzas de Protágoras, para quien en toda cuestión existe dos argumentos contrarios igualmente convincentes, y de su confrontación nace un movimiento dialectico del pensamiento.


   Platón parte de las conclusiones de Tucidides, esto es, la oposición entre fuerza y justicia.


  3. La erudición


   En los siglos XV y XVI, Renacimiento, reexamina y acentúa el corte originado en la antigüedad entre la historia y la literatura. El proyecto de una historia total y la apertura a nuevas fuentes que ya no son exclusivamente literarias se alimentan de la producción de métodos novedoso que se constituyen como otras tantas ciencias auxiliares dela historia.


   El interés histórico por el periodo antiguo que fascina el espíritu del renacimiento se alimenta de los avances de  la arqueología y la numismática y del nacimiento de una gran corriente reformadora en los medios jurídicos. Esta corriente propicia el retorno al derecho romano, estudiado en relación con la evolución social de la época. Estos hombres de toga, que son los nuevos productores y consumidores de la historia, sientan las bases de un método crítico de las fuentes. Seguido el humanismo invita a un retorno a los clásicos a la afición por lo antiguo y a una mirada deslumbrada ante los escritos de los historiadores griegos y romanos.


3.1 La ruptura efectuada por Lorenzo Valla


  Es posible considerar que el gran acontecimiento, decisivo en el vuelco de la noción de verdad, se produce cuando Lorenzo Valla logra determinar la falsedad de la donación de Constantino.


   La demostración de su falsedad se convierte en la piedra angular del método crítico. Filólogo, Valla dedica sus trabajos al establecimiento de una pragmática historia de la lengua latina (1.44O). La importancia de la ruptura generada por Valla puede comprenderse cuando se sabe que en la Edad Media la verdad se establece en función de la autoridad que la posee (En contra del vaticano, el papa).


   La re acusación de Valla se apoya en una crítica erudita de la fuente histórica. Por otra parte, destaca las contradicciones entre el ejercicio de una autoridad temporal y los principios de los evangelios. (El auge de la erudición).


   Por otra parte, el descubrimiento de Valla permitirá la posible discusión de los textos del derecho canónico e inaugurara las controversias de interpretación de los textos sagrados hasta entonces sustraídos al debate y que en el siglo XVI van a alimentar las divisiones religiosas.


   Los historiadores, cuyo trabajo tiene originalmente una relación con la verdad, deben procurar que sus obras sean aceptadas por los poderes de las cortes y las ciudades.


3.2 Poder/saber
   La relación entre poder y saber es entonces estrechamente circular.


   Los historiadores, pese a esas severas restricciones a las expresiones de la verdad, comienzan empero con el transcurrir de la edad media a distinguir entre las fuentes narrativas y las fuentes diplomáticas. La expresión llega a ser omnipresente en diversas formas.


   Guillermo de Tiro escribe en el siglo XII “Si ocultar la verdad de los hechos ya es lo suficientemente grave para descalificar a un escritor, la falta consistente en mancillar la verdad con la mentira y transmitir a la posterioridad crédula un relato que carece de veracidad es mucho más grave. “Por otra parte, sin embargo, el hecho de decir la verdad expone a lo peor y nadie puede denigrar abiertamente a los connitentes o a las autoridades que deben avalar el discurso del historiador, así Guillermo de Maslebury comprueba que quien se propone escribir la historia de sus reyes se encuentra de inmediato en plena mar.Y bajo la amenaza del naufragio.


    Se aprecia entonces hasta qué punto, al lanzarse contra la autoridad más eminente, el papado, Valla realiza una verdadera revolución historiográfica. Consigue sustituir la autenticidad fundada en la autoridad por la autoridad fundada en lo verificado.


   Los textos son ahora iguales en derecho y por lo tanto todos ellos se someten a la mirada crítica. El efecto de este descubrimiento es considerable en doble plano, jurídico y teológico, pues el cuestionamiento de un texto perteneciente al derecho canónico inaugura la discusión posible de los escritos sagrados, hasta aquí sustraídos al debate y la controversia.


4. Nacimiento de la diplomática.
4.1 El lugar de la innovación: Saint-Maur


   Esa forma de escritura de la historia, que se calificara de historia anticuaria desarrolla y codifica las reglas de la crítica de la fuente en el siglo XVII, el lugar de la innovación se sitúa entonces, sobre todo, dentro de la congregación Benedictina de Saint-Maur. Creada en 1618 durante el reinado de Luis XII, esa congregación atraviesa la sazón una profunda reforma cuyo efecto permite el auge de la investigación histórica gracias a la posibilidad brindada a los mauristas de liberarse de una buena parte de las tareas materiales para consagrase más plenamente en el trabajo intelectual.


   El superior, Jean Gregoire Tarrise, fija el protocolo de investigación: Recuperar las actas, fundaciones y posesiones de los monasterios, ocuparse de los gobiernos, de las abadías y de sus reglamentos y costumbres sobre la base de los documentos originales, para poner de relieve las proezas y las curiosidades naturales, enumerar la lista de santos, reliquias y santuarios, mencionar los castigos prodigios, milagros y hechos edificantes y, por último, vincular todas esas informaciones a la historia de la orden y de la iglesia.


  El programa establecido se subdivide en tres partes: El estudio de las antigüedades clásicas, los estudios de las antigüedades nacionales y, por último, una iniciación al método histórico.


   Del conocimiento técnico y la minucia del trabajo de erudición que resultara de ello, derivará la célebre expresión de trabajo de benedictino.


   A fines del siglo XVII, la congregación de Saint-Maur es un verdadero Estado dentro del Estado, con 179 monasterios y tres mil religiosos. Según Momigliano, el trabajo de esos “anticuarios”, a menudo asimilado a un amutuación del gusto, inaugura sobre todo una revolución del método histórico. Esos especialistas en patología y numismática, esos orientalistas, no se reúnen los martes y los domingos a la mañana en la biblioteca de Saint-Germain inquietos por el detalle, sino con la voluntad de acceder a las antiquitates, con la idea de una civilización vuelta a la vida gracias a la reunión ordenada de todos los vestigios del pasado.


4.2. Mabillon
La primera regla asignada a la historia por Mabillon es la búsqueda de la verdad.


   Con él, la historia objetiva, sus métodos. La deontología de la verdad que anima los progresos de la erudición pasa por el trabajo de la prueba, en el reconocimiento y la reutilización de los documentos originales. En ese marco Mabillon establece la superioridad de la pluridad de testimonios sobre la antigüedad y la altura jerárquica de los testigos. Esto exige del historiador un verdadero pacto de sinceridad en su trabajo.


   El estudio erudito se dedica al documento en su contenido pero también presta atención a los soportes materiales utilizados: El tipo de tintas, las hojas de los pergaminos, la figura de las letras, los sellos, las formulas… por medio de la diplomática, Mabillon escribe la historia en la serie de disciplina de acontecimientos y acentúa, por lo tanto, la distancia con la literatura de la cual procede el género histórico, en nombre de las estrictas reglas de conformidad en el abordaje de la masa de los archivos. Con la diplomática desaparecen las disposiciones de los historiadores medievales que yuxtaponen relatos militares y diplomáticos y relatos de prodigios divinos. Con Mabillon, la historia se funde en documentos verificados y allana el camino de un doble esfuerzo archivístico para extraer de ellos las cartas autentificadas que se convertirán en el bien común de la historiografía erudita”. Como escribe Marc Bloch 1681 fue el año de la fundación definitiva de la crítica de los documentos de archivo.


   El trabajo de erudición emprendido por Mabillon, habrá de preparar la clasificación ulterior de las especies de botánicos y zoólogos como Linneo, Jussieu, Cuvier o Geoffroi Saint-Hilaere. “La gramática de los diplomas anticipo el léxico de las floras y las faunas. Pero los límites del método se leen entre líneas en la invitación a una ascesis que se atiene a un estrechamiento del campo de observación, una depuración radical para que el orden se imponga sobre la historicidad.”


4.3 La derrota de la erudición.
 Sin embargo, esta revolución del siglo XVII carece de secuelas inmediatas. El siglo XVIII fue el siglo de la derrota de la erudición. (La erudición volverá a erguirse en un valor cardinal de la investigación histórica a fines del siglo XIX)


5. El discurso del método.


5.1 La profesionalización de la historia.


  En el siglo XIX, llamado “el siglo de la historia”, el género histórico alcanza una verdadera profesionalización al proveerse de un método con sus reglas, sus ritos y sus modalidades particulares de entronización y reconocimiento. Los historiadores de la escuela que suelen calificarse de metódica pretenden ser científicos de pura cepa y anuncian así una ruptura radical con la literatura. En 1880 se crea una licenciatura en enseñanza de la historia que se desvincula de la licenciatura literaria, indiferencia hasta esa fecha.


   Charles-Víctor Langlois y Charles Seignobos, los dos grandes maestros de la ciencia histórica en la Sorbona, introducción a los estudios históricos (1898, llaman “La retórica y las falsas apariencias” o “Los microbios literarios” que contaminan el discurso histórico erudito.)Se impone un modo de escritura que borra las huellas de la estética literaria en beneficio de una estilística casi anónima de valor pedagógico, punto tal, que ese objeto de las puyas de Charles Péguy, quien estigmatiza “El Langlois tal como se lo habla” y reprocha a la historia su punto de la ciencia y su obsesión por la crítica en desmedro de la calidad estética. Se multiplican las revistas especializadas. En primer lugar, jóvenes cartistas fundan la Revue des questiuns historiques en 1866 con el objetivo de llevar a cabo un gran trabajo de revisión histórica para defender los valores del antiguo régimen y la unión de la monarqui y la iglesia. Muy marcada por su pertenencia al campo de los legitimistas, no por ello esta publicación deja de ser una revista erudita de carácter científico. Esta escuela tuvo el mérito de hacer suya la herencia de la erudición.


   Entre fines del siglo XIX y principios del silgo XX  se asiste a una proliferación de revistas especializadas de historia con la creación en 1899 de la Revue de ´ Historie moderne et contemporanie y luego de la revue du XVI siqle, los anales revolutionnaires.


   La profesionalización va a la par con el surgimiento de un nuevo sistema de valores que pone en primer plano la búsqueda de la verdad y la protección de objetividad.


5.2 La escuela metódica.
   Alemania, capaz de organizar una enseñanza universitaria eficaz, y la tradición erudita francesa de los trabajos de los benedictinos, muestran el camino del doble modelo de la historia profesional. “Alemania hizo el aporte más vigoroso al trabajo histórico de nuestros siglos. Alemania puede ser comparada a un vasto laboratorio histórico”
   Todos adhieres a una visión progresista de la historia, según la cual el historiador trabaja al servicio del progreso del género humano. La marcha hacia el progreso se despliega como una acumulación de la labor científica, en un enfoque lineal de la historia, enriquecido por el aporte de la ciencia auxiliar-antropologia, filiologia, compara, numimástica, epigrafía, paleografía e incluso diplomática-que le dan un aspecto cada vez más moderno en el siglo XIX.
   “De tal modo, la historia, sin proponerse otra meta y otro fin que el beneficio extraído de la verdad, trabaja de una manera secreta y segura para la grandeza de la patria, al mismo tiempo que para el progreso del  género humano.”
5.3 Una ciencia a la contingencia.


 La disciplina histórica que se autonomiza en el plano universitario debe pensar su desarrollo al margen de la literatura, de la misma manera que deberá dar la espalda a la filosofía que se constituye en la misma época como una carrera especifica. Así, esta escuela, piensa la historia como una ciencia de lo singular.


   Recuperando la inspiración erudita y su ambición de crítica de las fuentes, Langlois, y Seignobos, escriben juntos las reglas de autentificación de la verdad según los procedimientos de un conocimiento histórico que solo es un conocimiento indirecto, al contrario de las ciencias experimentales: Ante todo se observa el documento.


   Se investiga cómo se fabricó a fin de devolverlo, de ser preciso, a su tenor original y determinar luego su procedencia. Este primer grupo de investigaciones previas, referido a la escritura, la lengua, las formas, las fuentes, etc, constituye el dominio específico de la crítica externa o critica erudita. A continuación toca su turno a la crítica interna: por medio de razonamientos por analogía que en el caso de los principales se toman de la psicología general, esta crítica procura representarse los estados psicológicos por los cuales el autor atravesó el documento. En conocimiento de lo que ese autor ha dicho, nos preguntamos: 1) qué quiso decir; 2) si se creyó lo que dijo, y 3) si tenía motivos para creer lo que creyó”.


Su pedagogía de las ciencias históricas da la espalda a la filosofía para construir las reglas de la profesión del historiador que “hace un trabajo trapero”, provisto de un método cuyo valor heurístico es más pedagógico que especulativo.


5.4. Una inquietud didáctica


Los historiadores de la escuela metódica no fueron los ingenuos que se quiso ver en ellos. Ya no puede decirse que cultivaban un fetichismo del documento y negaban la pertinencia de la subjetividad del historiador. Como lo mostró con claridad Antoine Prost, tenían plena conciencia de que la historia es construcción.


Una escritura puramente ascética y una inquietud esencialmente didáctica, que apartan a los investigadores de toda interrogación sobre la historia como escritura.
Langlois y Seignobos son muy conscientes de que los “hechos” sobre los cuales trabajan los historiadores resultan de una construcción social que conviene poner en perspectiva a través del método crítico de los documentos, tanto desde el punto de vista externo de su autentificación como en el plano interno, también calificado de hermenéutico: “Por eso el arte de reconocer y determinar el sentido oculto de los textos siempre ocupó un gran lugar en la teoría de la hermeneútica”.


Seignobos, que se convertirá en la cabeza de turco de Lucien Febvre, como contraste útil para una mejor promoción del programa de los Annales a partir de la década de 1930, se ajusta bastante a la fecha poco a la caricatura del obsesionado por la historia de las fechas y batallas y puramente políticas que se ha hecho de él. 


Antoine Prost: “el objetivo de la historia es describir, por medio de los documentos, las sociedades pasadas y sus metamorfosis”.


La historia tampoco es para Seignobos, la mera restitución de los documentos presentados como los hechos en su autenticidad, sino muy por el contrario, un procedimiento de conocimiento indirecto, hipotético, deductivo, según el propio autor destaca una vez más en 1901: “Como todo conocimiento histórico es indirecto, la historia es esencialmente una ciencia de razonamiento”.


No vemos a los hombres, los animales, las casas que enumeramos, no vemos las instituciones que describimos. Estamos obligados a imaginarnos a los hombres, los objetos, los actos, los motivos que estudiamos.


5.5. El caso Fustel de Coulanges
Fustel comenzó su carrera de historiador con una obra innovadora consagrada a la ciudad antigua, publicada en 1864. Fundador de la historia. La intención de Fustel es mostrar cómo se constituye y disuelve el lazo social en Roma. Luego del fracaso de Sedán, quiere desvincular a una aristocracia inclinada hacia las libertades de la deriva que constituye el despotismo. 


Construyen entonces un marco binario actuante en la historia, que pone en el otro lado a una aristocracia víctima de los peligros de la democracia.


Fustel se disocia tanto de los republicanos como de los liberales a partir del acontecimiento de 1870, que cumple para el papel de un trauma y lo lleva a adherir al pensamiento tradicionalista.
En ese artículo da muestras de un verdadero culto idolátrico del documento y compara al historiador con un químico. Tanto en historia como en química, se trata de una operación delicada. A través de un estudio atento a cada detalle, desprenderse de un texto todo lo que hay en él y no incorporarle lo que no tiene. El trabajo de discriminación consiste en aislar, depurar y descomponer un texto.


“No hace falta decir que la verdad histórica sólo se encuentra en los documentos”.


Deben proscribirse  todas su implicaciones subjetivas, pues el método seguido solo puede ser estrictamente inductivo y el historiador, por lo tanto, debe dejar sus hipótesis en el guardarropas para ponerse al exclusivo servicio del texto, borrándose por completo. Se considera  entonces que el proceso de conocimiento es directo, resultante del discernimiento de la pura mirada. La vía regia de la historia es, por ende la filología. Fustel restringe la práctica del historiador a un cientificismo reactivo.


“El mejor de los historiadores es aquel que se mantienen lo más cerca posible de los textos y los interpreta con mayor justeza; el que lo escribe y ni siquiera piensa sino a partir de ellos”.

Fuente: La Historia: Conceptos y Escrituras, Francois Dosse

martes, 28 de febrero de 2012

Adam Schaff, Historia y Verdad

El conocimiento histórico Su origen se remonta al siglo XIX

Una es el positivismo; la otra es el presentismo, variante actualmente en boga del relativismo subjetivista, que niega que dicho conocimiento sea posible y considera a la historia como una proyección del pensamiento y de los interesantes presentes sobre el pasado.

La personalidad más representativa de la tendencia positivistas es, en verdad, Leopold Von Ranke –Lo que incumbe al historiador no es valorar el pasado ni instruir a sus contemporáneos sino solo mostrar las cosas como realmente sucedieron- (Estas declaración se han convertido en el lema de unión de la escuela y todavía siguen siéndolo contra viento y marea para numerosos historiadores).
¿En qué premisas se basa esta orientación? En primer lugar presupone que no existe interdependencia alguna entre el sujeto cognoscente, o sea el historiador, y el objeto de conocimiento, o sea la historia como re Gestalt  Se acepta la interpretación pasiva, contemplativa, de la teoría del reflejo.
 El positivismo clásico: Basta reunir una cantidad suficiente de hechos bien documentados para que surja por sí misma la ciencia de la historia.

La historiografía positivista Constituyo un considerable progreso científico y ocasiono una auténtica revolución en este dominio de la ciencia en cuanto su técnicas de investigación, recopilación de fuentes y su utilización. Los historiadores positivistas son enemigos declarados de la filosofía.

  Por otra parte, los adversarios de Ranke demostraron más tarde que su historiografía estaba en contradicción con lo que el preconizaba. El origen de los sinsabores de la escuela de Ranke residía en sus propios presupuestos que se hicieron indefendibles ante los progresos conseguidos en la teoría del conocimiento y la metodología de la ciencia de la historia. Uno de los más obstinados adversarios, partidario del presentismo, el historiador norteamericano Conyers Read. Otro representante de presentismo Charles A. Bears  Critica la situación en términos similares calificando la corriente criticada de historicismo.
La rebelión anti positivista ataco todas las tesis
Esta rebelión adquirió su forma más virulenta en el seno del presentismo, corriente que esencialmente fue una oposición al positivismo. Pero antes de demostrar el desarrollo de esta corriente, a través del pragmatismo de John Dewei y las concepciones de Collingwood hasta llegar al presentismo norteamericano de los años 30 y 40, detengámonos en Hegel, inesperado precursor de esta escuela. El padre espiritual del presentismo es Benedetto Croce.
Hegel, idealista absoluto ,se sitúa en el polo opuesto al presentismo.Sin embargo en él se encuentran ideas precursoras que merecen ser destacadas tanto más cuanto que pone en evidencia una vez más su genio y aportan además la prueba de una posible inconsecuencia por parte de un pensador de tal envergadura.
 En sus lecciones sobre la filosofía de la historia, Hegel condena irrevocablemente, el dogma que será tan caro a los positivistas, del conocimiento histórico como una recepción pasiva y fiel reflejo de los hechos. Aquí lo esencial es el  dato histórico, al cual el trabajador aporta su espíritu que defiere del espíritu del contenido. En tal caso, son importantes sobre todo los principios que el mismo autor se impone en cuanto concierne al fondo y a los fines de las acciones y de los hechos que describe, o a la manera como quiere redactar la historia. Hegel formula el primer aspecto: “La pragmática es una especie de historia reflexiva. Cuando prestamos nuestra atención al pasado y nos ocupamos de aquel tiempo lejano, para el espíritu se abre un presente que extrae de su propia actividad como recompensa a su esfuerzo…Las reflexiones pragmáticas, por abstracto que sean se convierten de este modo en presente y confieren a los relatos del pasado la animación de la vida actual”.

Lo que más importan en nuestro contexto son las afirmación de Hegel sobre la historia como presente proyectado sobre el pasado y, en consecuencia sobre la necesidad de reescribir continuamente la historia “Así, una historia reflexiva es sustituida por otra; los materiales son accesibles a cualquier escritor, fácilmente cada uno puede considerarse idóneo para ordenarlos y elaborarlos, haciendo valer su espíritu como el espíritu de las distintas épocas. Fatigado de esta historia reflexivas frecuentemente se ha vuelto a la imagen de un acontecimiento descripto bajo todos sus aspectos. Estas imagenes ciertamente poseen algún valor, pero apenas proporcionan algo más que material. Nosotros, alemanes, nos contentamos con ellas; pero los franceses se forjan con inteligencia un tiempo presente, y refieren el pasado a las condiciones presentes”.
Con ello descubrimos esbozadas en Hegel las ideas fundamentales de la futura rebelión antipositivista, a saber el factor subjetivo de la historia, la historia como proyección del presente sobre el pasado y las razones por las que se describe la historia, ideas que convierten a Hegel en el auténtico precursor aunque inesperado,(repitámoslo) del presentismo.

Benedetto Croce: Las ideas del autor constituyen un sistema coherente de reflexiones idealistas sobre la historia que hacen de este filósofo el padre espiritualista del presentismo basado por completo en la tesis que afirma que la historia es el pensamiento contemporáneo proyectado sobre el pasado.

La concepción del mundo de Croce se caracterizaba sobre todo por un espiritualismo radical y por la negación del materialismo. La filosofía de Croce, la esfera espiritual se extiende no solo a las actividades teóricas sino también a las materiales, practicas. Puesto que la ciencia responde a actividades conceptuales, Croce niega a la historia el estatuto de ciencias (Las actividades teóricas pueden ser conceptuales o intuitivas) Según él, solamente hace ciencia quien concibe el caso particular comprendido en un concepto general; en cambio, hace arte quien presenta lo particular como tal. Puesto que el fin de la historiografía es presentar lo particular, se aproxima más al arte que a la ciencia. La única diferencia residiría en el hecho de que la historiografía se limita a lo que se produce en la realidad, mientras que el arte está exento de esa limitación y también se ocupa de lo posible. Más tarde el autor modificara sus puntos de vista sobre el parentesco entre la historia y el arte, aunque mantendrá su tesis fundamental de la historiografía como actividad intuitiva. El intuicionismo de Croce es el segundo elemento importante al que debe prestarse atención antes de iniciar el análisis de su presentismo.

Según Croce la intuición pura es la forma fundamental de la actividad del espíritu: fundamental porque es independiente de la actividad practica, mientras que esta por el contrario, depende de la intuición. La intuición es el fundamento de la existencia, ya que ella crea su objeto. Este objeto lo constituyen los estados del alma fuera de los cuales nada existe. El institucionismo de Croce lleva su filosofía del espíritu a sus últimas consecuencias, puesto que elimina todo cuando es exterior al psiquismo individual y crea una filosofía del inmanentismo absoluto.
Croce critica a Vico y a Hegel. Que solo existe una realidad: El espíritu que es actividad, libertad, y creador eterno de vida.
Croce aplica su intuicionismo a su teoría de juicio histórico: El objetivo de este juicio es vivido intuitivamente por el historiador. Croce, considera que el individuo es una partícula de lo absoluto.
   La teoría de la intuición pura entra, pues, en contradicción con la tesis que dice que la historia es el conocimiento de cuanto se ha producido en el pasado.
   Para el, toda esta cuestión es un seudo problema  ya que la selección de hechos y de documentos por los historiadores es puramente arbitrario. El autor manifiesta el mayor desprecio por la investigación de datos históricos, actividad digna de los cronistas, ya que la auténtica historia extrae la verdad de la experiencia interior.
   Según Croce cada acto espiritual (y en su opinión, la historia lo es) contiene todo el pasado y, viceversa, el pasado resucita en el momento en que los documentos evocan y fijan los recuerdos de estados de arma definidos que evidentemente solo pueden manifestarse el presente, actualmente. En ausencia de esta actividad espiritual, los documentos (monumentos, crónicas, excavaciones arqueológicas, etc.) no son más que objetos muertos.
Croce no rechaza únicamente la tesis positivista y del pasado como dato del cual el historiador construye una imagen fiel, sino que también ataca el pilar de la doctrina positivista, el principio según el cual el historiador puede y debe ser totalmente imparcial, o sea preservar su más absoluta neutralidad al despecho de todo condicionamiento social.
   Croce afirma todo lo contrario, para el conocimiento histórico siempre es una respuesta a una necesidad determinada siempre está comprometido.
   Lo que equivale a afirmar que el historiador es y debe ser parcial, comprometido y debe tener un espíritu de partido.
   El problema del espíritu del partido del historiador en Croce se relaciona con el problema del juicio histórico. Si escribimos la historia prescindiendo de todo juicio el resultado obtenido no será una obra histórica, sino una crónica.
  La interpretación radical del presentismo en Croce origina consecuencias muy graves: Lleva sobre todo a reconocer que no se puede hablar de una historia, puesto que existe una multiplicidad de historias. Esta cuestión solo se justifica si se reconoce al individuo como medida de todas las cosas. Estas consecuencias inevitables de la doctrina Crosciana son catastróficas para la historiografía. El historiador debería, considerar, por ejemplo, auténticos dos relatos y dos interpretaciones contradictorias de un mismo acontecimiento histórico en la medida a que corresponden a sus intereses respectivos.
   La ciencia de la historia, no dispondría de criterio alguno para distinguir lo verdadero de lo falso e incluso debería rebelarse contra la búsqueda de tal criterio. El subjetivismo radical y el extremado relativismo del presentismo de Croce privan a la historia de su estatuto científico, que es precisamente lo que busca este autor.
   Collingwood contribuyo notablemente a popularizar la obra de Benedetto Croce en los medios anglosajones. Collingwood, filósofo idealista, según él toda la historia es historia del pensamiento. El historiador que reconstruye el pensamiento del pasado lo hace, en el contexto de su propio saber, o sea de modo critico. La imagen histórica es el producto de la imaginación del historiador, y el carácter necesario de esa imagen va ligado a la existencia a priori de la imaginación.
   Collingwood: Solo el presente puede justificar la elección de una imagen dada del pasado. Lo cual hacemos empleando el presente como testimonio de su propio pasado. Cada presente tiene un pasado que le es propio. En la historia, ninguna conquista es definitiva. Cada nueva generación tiene que reinscribir la historia a su manera. Tiene que revisar las preguntas mismas. Estos conceptos simplemente tratan del descubrimiento de una segunda dimensión del pensamiento histórico, de la historia de la historia.
   Las opiniones de Collingwood son efectivamente extremadas durante los años 30 y 40 , el presentismo tuvo su apogeo en E.E U.U. La importancia del presentismo norteamericano se debe, al hecho de que fue desarrollado principalmente por historiadores tan inminente como Charles A. Beard las tendencias positivistas poseen una larga tradición el historiografía norteamericana. Destler habla de sus fuentes.
"Toda construcción histórica es necesariamente selectiva. En la elaboración de la historia todo depende precisamente del principio en virtud del cual controlamos los hechos y seleccionamos los acontecimientos".
En conclusión cada presente tiene su pasado; cada presente reescribe la historia. Destler calificaba justamente esta posición de presentismo subjetivista y relativista.

Historiadores presentistas: Ch.A.Beard y de C.Becker que son autoridades en la llamada escuela colombiana, al igual que C Beard que representan a la siguiente generación. Charles A. Beard conocido por sus estudios sobre la constitución norteamericana y como uno de los principales animadores de la "rebelión anti positivista”. Asocio al relativismo a una interpretación económica de la historia. No se contentó con atacar la teoría de la verdad histórica sino que eligió abiertamente a la ciencia de la historia practicada a partir de posiciones de clase y con espíritu de partido. Esto es lo que evidencian de modo claro sus verdaderas arengas contra Ranke y su escuela.
En 1909, los primeros ataques precisos contra la tesis de Ranke, George Burton Adams hizo apología de la escuela de Ranke como corriente científica por excelencia.
Adams: “toda ciencia que es una auténtica ciencia debe fundarse en hechos probados y comprobados”.
Charles Beard la ataca negando el carácter científico de la historia e intentando alcanzar al adversario en su punto más sensible: su mito de la “imparcialidad”.
Beard demuestra que Ranke preconizaba el ideal de una ciencia de la historia objetiva, “positiva”, “imparcial”, basada sólo en el estudio de los documentos, pero que en realidad profesaba un singular panteísmo, concibiendo la historia como “revelación de Dios”.
La fórmula de Ranke fue integrada en la concepción de una historiografía enfocada a semejanza de las ciencias naturales, dice Beard.
A partir de esta crítica a Ranke y de la historiografía positivista, Beard forja su propia concepción de la ciencia de la historia. Distingue la historia como “realidad pasada” y la historia considerada, como “pensamiento contemporáneo sobre el pasado”.
Según Beard, el producto de una selección: los hechos son escogidos y reunidos por el historiador “de acuerdo con su modo de pensar”.
Según él, la historia es un “acto de fe”, que depende de la persona de su creador y cambia con ella.
“El historiador que escribe lo que realiza, consciente o inconscientemente, un acto de fe en lo que concierne al orden y al movimiento en la historia.
El subjetivismo de esta profesión de fe y su consecuencia, el relativismo, son evidentes. Beard propugna abiertamente una historia en la que reine el espíritu de partido.
J. H. Randall Jr., repite con Beard que la elección de un principio definido de selección constituye un acto de fe.  La selección llevada a cabo en los materiales del pasado es siempre es relativa, y está en función del presente. El pasado es nuestro pasado, “nuestro pasado no se encuentra en el pasado como tal, sino en el presente, en nuestro presente”. Randall desarrolla su concepción del “relativismo objetivo”.
Carl Becker partidario de Beard.
Al igual que Beard, Becker identifica la historia con el pensamiento sobre la historia y con la ciencia de la historia.
Me veo obligado a identificar la historia con la ciencia de la historia.
Becker, finalmente se pronuncia por el subjetivismo y el relativismo de la historia:la razón de este estado de cosas es que la historia se halla estrechamente ligada a lo que nosotros hacemos o a lo que tenemos intención de hacer. En consecuencia, la historia no puede ser reducida a una serie estadística comprobable o formulada en términos de fórmulas matemáticas universalmente válidas. Es más bien una recreación de la imaginación, una propiedad privada que cada uno de nosotros modela en función de su experiencia personal, adapta a sus necesidades prácticas o afectivas y adorna de acuerdo con su gusto estético”.
Becker declara que “esta creación de la imaginación” no es enteramente arbitrariamente por el hecho de que existen otros individuos.
Becker sólo formula su obra debe surgir necesariamente de los hechos y de la imaginación a la vez, la historia es de todos modos una producción subjetiva condicionada por el presente específico del historiador.
Carl Becker es el autor de la fórmula, al mismo tiempo, más drástica y más ilustrativa del presentismo. El de la constante reinterpretación de la historia.
“Cada siglo reinterpreta, los historiadores no pueden liberarse por completo de las ideas preconcebidas más generales de la época en que viven.
El pasado es una especie de pantalla sobre la cual la generación proyecta su visión del porvenir.
En 1949 Conyers Read sobre el brillante tema: “De la responsabilidad social del historiador”
Marx había formulado la metáfora de que la anatomía del hombre es la clave de la anatomía del mono; Los presentistas también compartían esta opinión. De la significación de los acontecimientos del pasado cambia con el devenir.
Randall utiliza afirmación, de la que emana la necesidad de una imagen dinámica y no estática de la historia, para fundar el relativismo.
Conyers Read, al igual que Beard y Becker, considera la historia como un resurgimiento de las experiencias humanas pasadas en la memoria y, por consiguiente, en términos puramente subjetivos. Ataca a la concepción de la verdad subjetiva considerada como el principal enemigo.

Destler ilustra este contexto en su análisis citado anteriormente de la función social del pensamiento en la historiografía. Su crítica está centrada principalmente en Conyers Read, pero apunta a toda corriente y la alcanza con sus argumentos acerados y pertinentes.
El presentismo sigue contando con gran audiencia en la historiografía y en la historiografía norteamericana en particular.
El sujeto cognoscente es activo: introduce en el conocimiento todos los contenidos intelectuales y afectivos de que está cargada de personalidad.
En consecuencia, también rechaza la tesis de Ranke y de su escuela sobre la historia considerada como una estructura ya dada de hechos que con ayuda de documentos, basta descubrir, reunir y presentar en forma bruta para que la historia brote de ellos. La historia nunca está dada, replican los presentistas.
La historia se encuentra en perpetua variación y la reescribimos constantemente: no sólo porque descubrimos hechos nuevos, sino también porque cambia nuestra óptica sobre lo que es un hecho histórico, es decir sobre lo que es importante desde el punto de vista del proceso histórico.
El presentismo rechaza, en su totalidad el modelo mecanista de conocimiento y la interpretación pasiva y contemplativa de la teoría del reflejo. El segundo o tercer modelo, ya sea idealista-subjetivo u objetivo-activista.
Croce y Collingwood se pronunciaron indiscutiblemente por el modelo idealista-subjetivo Dewey y Beard, son más favorables al modelo objetivo-activista.
La tercera tesis de la escuela de Ranke, a saber: que el historiador puede y debe ser un observador imparcial, no comprometido, que se limite  a describir los hechos, absteniéndose de juzgarlos. Todos los presentistas rechazan estas presunciones como irreales y contrarias a la experiencia, a la vida y a sus necesidades. Se declaran en favor de una historia comprometida y animada por el espíritu de partido.
La historia es el presente proyectado sobre el pasado, lo que significa que los intereses y las necesidades actuales determinan el campo y el modo de visión del historiador:
La única historia posible es la historia comprometida, la historia animada por el espíritu de partido, por tanto, parcial, en determinado sentido del término.
La historia debe juzgar e interpretar.

En mi opinión, los presentistas en su discrepancia con los positivistas tienen razón en todas las cuestiones esenciales que acabamos de exponer de un modo esquemático y sumario. Pero ellos tienen razón aunque solo sea un sentido negativo, cuando atacan oportunamente los puntos débiles de la doctrina positivista, cuando indican porque y donde esta se equivoca, si bien también ellos yerran a menudo en los puntos de vista que presentan en su nombre. Se trata efectivamente de dos cosas muy distintas:
Nuestro juicio es esencialmente negativo. Si rechazamos el presentismo, aun cuando suscribimos la orientación de su crítica del positivismo, lo hacemos a partir  de posiciones filosóficas determinadas, ya que lo que rechazamos es precisamente el fundamento filosófico de la doctrina.        
En primer lugar, nuestra negación apunta al idealismo y más concretamente al subjetivismo de la doctrina presentista. Se admiten dos significados del término “historia”: histórico objetivo (res gatae) y como descripción de este proceso, o sea la historiografía (historia rerum gestarum).
Dos órdenes distintos de cosas: los múltiples problemas de teoría del conocimiento que, también son válidos para la teoría de la historia. Lo que caracteriza al presentismo: para él, la historia equivale al pensamiento sobre la historia. El proceso histórico objetivo desaparece y solamente queda el pensamiento. No el pensamiento sobre este proceso, sino el pensamiento que crea la historia. Croce y Collingwood enfocan el problema en términos. Otros presentistas, en particular los historiadores norteamericanos, limitan el campo de su visión de la imagen histórica y reducen el problema al pensamiento sobre el proceso histórico. Estos historiadores partan o no de principios filosóficos metafísicos. El presentismo adopta la posición del subjetivismo filosófico. Sin embargo, ésta es la posición teórica más extraña que un historiador puede adoptar.
De lo cual se deduce que el principio de no-contradicción, según el cual una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, dista mucho de confirmarse desde el punto de vista psicológico.
En segundo lugar, nuestra negación abarca el relativismo inevitablemente asociado al presentismo. Si se admite que los intereses y las necesidades del presentismo determinan nuestra visión de la historia de tal manera que está no es más que su proyección sobre la pantalla del pasado, de acuerdo con la metáfora de Carl Becker, se pone en evidencia que la historia debe ser reescrita constantemente obteniéndose así diferentes historias, e incluso contradictorias que, sin embargo, son verdaderas.
El propio presentismo, capaz de descubrir y delimitar los males que afectan a la historiografía positivista, está aquejado de subjetivismo y de relativismo, enfermedad incurable que le conduce a la catástrofe científica. Los positivistas en su polémica se aprovechan de las “imperfecciones” del crítico.

Para el marxista, tanto el positivismo como el presentismo son inaceptable en igual medida, aunque cada uno por razones distintas.
Lo importante para el marxismo no es calibrar la distancia que le separa de esta o de aquella escuela, sino discernir los problemas teóricos que constituyen la base de la controversia y se precisan en la polémica entre sus oponentes.
Es el problema del carácter del conocimiento histórico. Aquí se enfrentan dos posiciones: por una parte, la concepción positivista que admite que el proceso histórico existe objetivamente y el conocimiento humano.
Se trata de traducir el tercer modelo de la relación cognoscitiva del lenguaje de la abstracción filosófica al lenguaje concreto de los estudios históricos.
El segundo gran problema que se plantea en el contexto de la controversia analizada hasta aquí es el relativismo. Procede del ámbito de la teoría de la verdad y está estrechamente relacionado con el problema anterior.
El presentismo constituye, en efecto, un caso particular del relativismo. Siempre está en función de un presente variable. Por consiguiente, la verdad del conocimiento histórico siempre está en relación con las circunstancias de espacio y tiempo.
La posición del marxista, al igual que la de todo adversario del relativismo, es en este caso extremadamente clara: rechazar tanto el relativismo como el presentimos subjetivista.
En una simple acumulación de hechos, que en un momento dado debería alcanzar un saber perfecto, absoluto e inmutable. En cuestión es del compromiso, el del espíritu de partido de la historia y del historiador.
Al propugnar una historia descriptiva, exclusivamente limitada a la comprobación de los hechos.
Según Ranke, el conocimiento es un proceso pasivo y contemplativo.
Si se afirma que la historia está en función de un presente variable y de sus intereses, se debe admitir que la actitud del historiador también está en función de las necesidades, los intereses y los conflictos de su tiempo. El historiador, por consiguiente, es el sujeto de un compromiso de clase, de un compromiso determinado por su época, aunque proyectado sobre la pantalla del pasado.
He aquí un problema sumamente importante y apasionante sobre todo para un marxista.
El principal interés del análisis de las diferencias entre el presentismo y el positivismo residía para nosotros en la extrapolación de los problemas más importantes que debíamos someter al estudio.  Se centra, en torno al conflicto entre el imperativo de la cientificidad de la historia, de la objetividad del conocimiento histórico y el hecho del papel activo del sujeto cognoscente en el proceso de conocimiento histórico y, en la acción de los condicionamientos sociales sobre la variabilidad de la perspectiva histórica. Las controversias entre el presentismo y el positivismo han esclarecido algo estos problemas, proporcionándonos una aportación teórica-histórica.   
       
Fuente: Adam Schaff, Historia y Verdad